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Confiar como verbo: lo que se alcanza a ver cuando la confianza no es solo un principio y también es práctica


Hay una duda que muchas veces se vive como familia que camina por la educación alternativa, antes de dar el paso, durante, y también después de haberlo dado:


¿Cómo confío?


Parece que es más fácil decir en qué confiar: "Confía en el proceso." "Confía en tus hijos." Que en responde cómo hacerlo. Lo escuchas en talleres, lo lees en grupos de WhatsApp, lo repiten con convicción personas que llevan años en esto. Y sin embargo, cuando llega ese martes de noviembre y tu hijo de nueve años lleva tres semanas "jugando con bloques de madera" y tú no puedes dormir pensando en si está aprendiendo algo, esa frase no hace sentido.


Cuando queremos poner en práctica confiar como verbo muchas veces no sabemos exactamente que hacer, o que dejar de hacer. Ha sido interesante pensar en la confianza como un músculo. Y los músculos se pueden desarrollar ejerciéndolos.


La trampa de confiar en abstracto


Durante décadas, la psicología del desarrollo ha estudiado qué condiciones hacen posible que una persona crezca con capacidad de confiar.


Erik Erikson llegó a una conclusión que reorganiza la pregunta: la confianza básica —la que organiza todo lo demás— se construye en la infancia a partir de experiencias concretas y repetidas. Cuando las necesidades se atienden, cuando el malestar encuentra respuesta, cuando la presencia del adulto es predecible: ahí se aprende que el mundo puede sostenerse. La confianza tiene historia, tiene textura, tiene comportamientos atrás.


Brené Brown, investigadora que dedicó años a desmenuzar cómo funciona la confianza en las relaciones, llegó a una conclusión que incomoda un poco: la confianza no se declara, se practica. Se construye canica a canica —en gestos pequeños y consistentes— y también se pierde canica a canica (eso dice ella, pero tambien se puede caer el frasco entero con todas las canicas) Un límite respetado: una canica. Una promesa cumplida cuando era incómodo cumplirla: una canica. Algo que alguien compartió en confianza y que apareció en una conversación donde no debía: una canica que sale.


Eso significa que cuando una familia dice "confiamos en el proceso de aprendizaje de nuestros hijos" pero el comportamiento cotidiano está lleno de preguntas ansiosas, de comparaciones con otros niños, de revisiones que buscan evidencias tranquilizadoras... hay una distancia entre la declaración y la práctica. Esa distancia es la brecha natural entre entender algo en el plano intelectual y tenerlo incorporado en el cuerpo.


Lo que la confianza en la educación alternativa está pidiendo


Cuando una familia elige un espacio de aprendizaje ágil o una forma de educación que confía en la autodirección de los niños y jóvenes, está haciendo una apuesta que tiene sustento. No es fe ciega: hay décadas de investigación y saberes cosechados de la experiencia, sobre cómo aprenden las personas, sobre el valor del juego, sobre lo que ocurre cuando los niños tienen agencia sobre su propio proceso.


Pero esa apuesta convive con tensiones. Nombrarlas no las elimina, pero las hace más transitables.


La primera tensión: confiar en el proceso de desarrollo de los hijos no equivale a que los adultos desaparezcan. Donald Winnicott, cuya comprensión del desarrollo infantil sigue siendo central en la psicología, lo planteó desde la clínica: el niño o la niña puede explorar, alejarse, arriesgarse —precisamente porque confía en que el adulto va a estar ahí cuando regrese. La presencia predecible y sensible del adulto hace posible la exploración. La ausencia también interfiere. Retirarse no es confiar; a veces, es abandonar la responsabilidad de sostener.


La segunda tensión: la confianza siempre implica riesgo. El sociólogo Niklas Luhmann lo planteó con claridad: confiar es una apuesta que se hace desde la incertidumbre. Si hubiera certeza completa sobre cómo va a salir algo, no haría falta confiar. Confiar en que el aprendizaje ocurre aunque no sea visible, en que el juego tiene valor aunque no produzca un resultado medible, en que los tiempos de cada persona tienen su propia lógica... es siempre una apuesta con riesgo real. Aceptar ese riesgo conscientemente es diferente a pretender que no existe.


La tercera tensión: confiar en las infancias y juventudes convive con la responsabilidad adulta de cuidado. Las dos cosas pueden estar presentes al mismo tiempo. Confiar en que tu hija puede orientar su propio aprendizaje y asumir la responsabilidad de crear las condiciones que hacen posible ese proceso —un entorno predecible, seguro emocionalmente, con presencia adulta activa— no son posturas contradictorias. Son las dos caras de lo mismo.


Habitar lo que emerge


Confiar en un proceso que no se puede controlar ni predecir del todo exige algo más que soltar el resultado. Exige estar presente con lo que aparece. Atenta a lo que emerge, sin colapsar ante la incertidumbre.


El sociólogo Niklas Luhmann lo planteó desde la sociología del riesgo: confiar siempre implica aceptar que el proceso podría no responder de la manera esperada. Si hubiera certeza completa, no haría falta confiar. La confianza vive exactamente en ese margen de incertidumbre. Y una confianza que no reconoce ese margen —que actúa como si el resultado estuviera garantizado— es más frágil cuando llega la dificultad, no más sólida.


Habitar lo que emerge es una práctica de atención. Notar lo que el proceso está mostrando. Leer lo que pide. Distinguir cuándo algo necesita espera y cuándo necesita ajuste. Y registrar lo que va apareciendo —aunque sea informalmente— porque esa acumulación es lo que le da historia a la confianza. Esa lectura se afina con la práctica sostenida y con la observación de la persona específica que se acompaña.


Tres cosas concretas para empezar a ejercer el músculo


1. Hacer el inventario de las canicas


Brown propone una entrada práctica: en lugar de preguntarte si "hay confianza" en abstracto, observar los comportamientos concretos que la construyen o la erosionan.


Tómate una semana para observar, sin juzgarte, estas preguntas en tu dinámica familiar y en tu relación con el espacio educativo de tus hijos:

  • Cuando dices que vas a hacer algo, ¿lo haces?

  • Cuando alguien en la familia comparte algo difícil, ¿eso queda guardado o aparece después donde no debería?

  • Cuando hay un conflicto o una sorpresa en el proceso de aprendizaje de tus hijos, ¿cuál es tu primer movimiento: interpretar con generosidad o instalar el juicio?

  • Cuando preguntas cómo estuvo el día, ¿estás buscando evidencias de que todo va bien, o estás genuinamente curiosa/o sobre la experiencia de esa persona?


El inventario no es para autoflagelarse. Es para tener información real. El nivel de seguridad relacional que una persona siente en su espacio cotidiano organiza lo que está disponible para ella: si puede explorar, equivocarse, pedir ayuda, mostrar lo que no sabe —o si necesita destinar energía a protegerse.


2. Distinguir cuándo contenerse y cuándo estar presente


Uno de los gestos más difíciles para familias que acompañan procesos de aprendizaje autodirigido es discernir cuándo contenerse y cuándo intervenir. La fórmula de "máximo apoyo, mínima interferencia" puede leerse como "lo menos posible" y esa lectura pierde la mitad. La presencia activa y la confianza en el proceso pueden ir juntas.


Un ejercicio útil: la próxima vez que sientas el impulso de intervenir —de corregir, de sugerir, de preguntar si ya hizo algo con su tiempo— pausa antes de actuar y date tres minutos para observar. En esos tres minutos, pregúntate: ¿estoy respondiendo a algo que está ocurriendo, o estoy respondiendo a mi ansiedad sobre lo que podría ocurrir? ¿Lo que veo necesita mi presencia ahora, o necesita que le dé más tiempo?


No hay respuesta automática. Pero el espacio entre el impulso y la acción es donde el discernimiento puede operar, y ese espacio se amplía con la práctica.


3. Construir relatos que tengan densidad


Las prácticas narrativas aportan un entendimiento que las familias en educación alternativa que podría ser útil, los relatos que circulan en una comunidad (y en una familia) sobre si los procesos funcionan organizan lo que las personas están dispuestas a hacer y a dejar hacer.


Cuando una familia tiene acceso solo al relato de la incertidumbre ("no sé si esto está funcionando", "no hay forma de comparar", "¿y si nos equivocamos?"), ese relato tiende a volverse el lente principal.


La práctica concreta: empieza a colectar evidencia específica de lo que sí está ocurriendo. No en el sentido de "logros académicos demostrables" —sino en el sentido más amplio: ¿qué preguntas hace tu hija que hace seis meses no hacía? ¿Qué decidió esta semana por sí sola? ¿Qué conflicto resolvió? ¿Qué le genera curiosidad genuina?


Ese registro, aunque sea informal, aunque sea solo tuyo, puede darle sustancia al relato de confianza. Y un relato con sustancia tiene más capacidad de sostenerse cuando llega la duda, que una declaración de fe sin historia atrás.


Cultivar el suelo de la confianza


Quizá confiar empiece por dejar de tratar la confianza como una idea grande y empezar a mirarla como un suelo que se cultiva.


Un suelo se vuelve fértil con presencia, con límites claros, con promesas que se cumplen, con escucha, con reparación, con relatos que ayudan a mirar lo que sí está creciendo. También con tiempo. Hay semillas que abren pronto, otras que echan raíz en silencio, otras que parecen quietas mientras algo invisible empieza a organizarse debajo de la tierra.


En la educación alternativa, muchas veces la duda aparece justo porque el crecimiento ocurre fuera de las formas conocidas. Ahí el músculo de confiar se ejercita en gestos pequeños: respirar antes de intervenir, mirar con más curiosidad, sostener una pregunta abierta, revisar la propia ansiedad, cuidar las condiciones, volver a conversar, ajustar cuando algo lo pide.


La confianza no pide certeza total. Pide una práctica suficientemente honesta para reconocer el riesgo, suficientemente cuidadosa para sostener condiciones, y suficientemente atenta para notar lo que va emergiendo.


Tal vez la pregunta “¿cómo confío?” pueda empezar a responderse así: cultivando el suelo todos los días, observando lo que empieza a brotar, y recordando que algunas raíces crecen mucho antes de que podamos ver la planta.

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