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Mamás y papás que escuchan lo que la escuela ya no puede ocultar


Llevamos mucho tiempo escuchando que la escuela necesita cambiar. Reformas van, reformas vienen. Aparecen nuevos programas, nuevos discursos, nuevas combinaciones de pedagogías, más estudios sobre cómo lograr que las niñeces aprendan mejor, más rápido, con mayor facilidad.


Mientras tanto, muchas familias siguen viendo algo que incomoda: a muchas niñeces y juventudes la escuela les pesa.


Algunas se rebelan. Otras se apagan. Algunas hacen lo indispensable para pasar desapercibidas. Algunas sostienen la adaptación con un costo emocional, social o mental, altísimo. Y muchas veces, en lugar de mirar qué está produciendo la forma escolar, se mira a la niña, al niño o al joven como si el problema estuviera ahí.


Entonces empieza la vuelta conocida. Citas, diagnósticos, reuniones, estrategias, conversaciones familiares, promesas de echarle ganas, intentos de ajustar algo para que la escuela vuelva a caber en la vida. A veces algo de eso ayuda. A veces alcanza para sostener un tramo más. A veces la pregunta de fondo sigue intacta.


¿Y si esas reacciones también fueran una respuesta a lo obsoleto de la educación escolarizada?


A mí me gusta mirar a muchas de estas niñeces y juventudes como rebeldes con causa. Personas que están mostrando, en la vida diaria, que algo ya perdió sentido. Personas que están empujando el cambio educativo desde el lugar menos reconocido por las autoridades educativas: la experiencia concreta de quienes habitan la escuela todos los días.


Ahí aparecen los Ma&Pa´s. (Mamás y Papás)


Los que empiezan a escuchar. Los que dudan aunque les dé miedo. Los que leen de madrugada. Los que preguntan en grupos. Los que visitan espacios. Los que prueban una escuela, luego otra, luego una alternativa, luego una pausa. Los que intentan sostener confianza cuando la confianza anda desnutrida. Los que se sienten mar adentro, buscando costa.


Me interesa detenerme ahí.


Porque muchas veces se habla de educación alternativa como si comenzara con una decisión muy clara, muy segura, muy informada. En mi experiencia, muchas veces empieza con una incomodidad. Con una escena repetida. Con una niña que ya perdió el brillo. Con un joven que aprendió a cumplir sin implicarse. Con una familia que se pregunta cuánto de esa adaptación vale la pena y cuánto está cobrando demasiado caro.


La escuela ocupa una parte enorme de la vida familiar. Ocupa horas, energía, conversaciones, traslados, organización cotidiana, dinero, esperanza. También ocupa atención. Orienta lo que se mira, lo que se celebra, lo que se corrige, lo que preocupa, lo que parece urgente.


Por eso vale la pena mirar la palabra escuela como un gran recipiente donde hemos puesto muchísimas cosas. Ahí hemos puesto tiempo de vida, hemos puesto confianza. Ahí hemos puesto la idea de futuro y también hemos puesto cuidados. Hemos puesto la esperanza de que nuestras hijas e hijos estarán preparados para algo que ni siquiera alcanzamos a ver con claridad.


Cuando algo empieza a doler ahí, conviene detenernos.


Preguntarnos por la escuela abre preguntas más grandes. Qué tipo de tiempo están viviendo nuestras hijas e hijos. Qué tipo de lugar los recibe todos los días. Qué formas de relación se vuelven normales ahí. Qué pasa con su atención. Qué pasa con sus ganas. Qué esperanza estamos sosteniendo como familia y qué empieza a pasar cuando esa esperanza se tambalea.


Estas preguntas pueden sentirse incómodas porque tocan una carretera cultural muy transitada. La escuela parece dada. Parece inevitable. Parece el camino normal. Para muchas familias, apenas aparece la posibilidad de elegir escuela. La posibilidad de elegir otra relación con el aprendizaje suele estar mucho más escondida.


Y aun así, muchas familias empiezan a buscar.


Esa búsqueda merece reconocimiento. Los espacios que funcionaron y los que se cayeron. Las conversaciones difíciles. Las decisiones tomadas con información incompleta. Las dudas. Las vueltas. Los intentos de construir algo que parecía tener que salir de la nada. Todo eso forma parte de una respuesta familiar y comunitaria ante algo que ya estaba pidiendo ser mirado.


Quizá por eso hace falta hablarlo en colectivo.


Una familia sola puede sentirse exagerada, irresponsable, rara o perdida. Varias familias contando lo que ven empiezan a construir otro mapa. Aparecen patrones. Aparecen preguntas compartidas. Aparece una forma de compañía que ayuda a respirar distinto.


Este texto quiere ser una pequeña oda a esos Ma&Pa´s que están escuchando.


A quienes han notado el cansancio de sus hijas e hijos y se han permitido tomarlo en serio. A quienes han sentido que algo se apaga y han empezado a buscar cómo cuidar ese brillo. A quienes han sostenido preguntas que otras personas apuran a cerrar. A quienes están intentando entender qué papel quieren jugar frente a la escuela, frente a la cultura, frente al futuro y frente a la vida cotidiana de sus niñeces.

Tal vez una parte del camino empiece por mirar con más cuidado dónde estamos poniendo nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros cuidados y nuestra esperanza.


Tal vez desde ahí podamos descifrar juntas qué estamos cuidando cuando buscamos otros caminos. Qué queremos dejar de repetir. Qué queremos construir. Qué necesitamos entender para caminar con menos soledad.


La escuela ya dejó demasiadas cosas visibles.


Ahora toca escuchar lo que esas señales están moviendo en las familias, en las comunidades y en quienes todavía creemos que la educación puede organizarse alrededor de una vida más digna, más propia y más viva.

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